jueves, 9 de junio de 2016

James Rhodes, cuchillas, pequeñas píldoras y grandes pianos.


Las portadas de sus discos no contradicen en  nada su look, parecen propias de una estrellas de rock, el mismo en su autobiografía “Instrumental: memorias de música, medicina y locura” dice que esa era su intensión, no lucir como el típico pianista de portadas predecibles.









Usa jeans y tenis para sus conciertos, en los que interactúa con el público entre cada pieza musical, les cuenta algunos datos curiosos sobre el tema o el compositor, y muestra un poco de lo que esa canción le transmite.
Con sus gafas de pasta gruesa, su barba de unos cuantos días y un tatuaje con el nombre 'Sergei Rachmaninov' escrito en cirílico en su antebrazo, se hace notar en una industria en la que lo más adecuado para un recital es un traje de gala.

Este hombre es un genio moderno, la maestría con que sus dedos se deslizan en el piano, suaves pero firmes, parece adquirida tras años de entrenamiento, como es usual en esta carrera en la que los músicos comienzan a tocar desde muy pequeños; sin embargo, este no es el caso de Rhodes, pues si bien se inició en la música a una temprana edad, poco después la abandonó por completo, retomándola alrededor de una década después.

Rhodes encaja perfecto con la descripción del artista atormentado: su vida ha sido un remolino de emociones turbulentas. 
Fue víctima de violación a los 5 años, lo que le originó una serie de patologías y trastornos que lo seguirían durante toda su vida (trastorno de personalidad múltiple, trastornos alimenticios, tics, problemas de colon, etc.), se convirtió en adicto al alcohol, a las drogas y al auto flagelo con navajas de afeitar. Trató de suicidarse en cinco ocasiones y fue internado en tres hospitales psiquiátricos. 

No obstante, se graduó de la carrera de Psicología, trabajó en la City, se casó, tuvo un hijo, trató de convertirse en representante musical, se divorció, conoció el amor y finalmente inició su carrera como concertista de piano.

Antes de cada concierto, revela a la concurrencia los motivos que tuvo Lizst para escribir la Danza macabra, describe por qué Beethoven era tan 'peculiar', habla sobre el tormentoso romance de Chopin con George Stand y de cómo este lo inspiró y torturó.
Ha participado en programas de televisión, en los que habla sobre los grandes compositores de la música clásica; colaboró en un documental relacionado con el efecto de la música en los pacientes de un psiquiátrico, y escribe regularmente para The Guardian.

Para Rhodes, Bach a través de su Chacona en D menor fue el responsable de salvarle la vida, lo ayudó a sobrellevar esos años de tortura, y le transfirió ese sentimiento de fortaleza y libertad que tanto anhelaba. Al final, el efecto que conseguía con las drogas lo encontró también en la música clásica.

El sueño de toda su vida fue ser concertista, y después de una serie de eventos desafortunados, de nubes grises, de falsos arcoíris y momentos de calma, por fin lo ha logrado.